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Larga vida a Benidorm

Durante años estuvo de moda odiar esta ciudad alicantina que hoy se postula para ser Patrimonio Mundial de la Unesco.

Durante años lo cool fue odiar Benidorm. Mientras esta ciudad resort de la costa alicantina estaba ocupada atendiendo a millones de felices visitantes,los guardianes del buen gusto y la clase media más esnob lo desaprobaban tajantes.

Benidorm era para españoles de la tercera edad que venían aquí a bailar pasodobles por las noches, o para británicos achicharrados por el sol que lo hacían para beber por las mañanas. Una afrenta al estilo, sinónimo del turismo más hortera, el low cost viajero en su expresión más vulgar.

Sin embargo, Benidorm se ha ido poniendo de moda, de forma lenta pero segura. Hoy en día, los expertos en urbanismo hacen cola para elogiar su urbanismo pionero, la naturaleza sostenible de su gran ‘modelo vertical’ en contraste con las urbanizaciones extensas y hambrientas de recursos que vinieron después.

Nombres famosos salen del armario para declararle su amor: Javier Mariscal admira la eficiencia profesional de la ciudad, su carácter democrático y el gran diseño de su planificación –“Lo prefiero a Florencia”–, mientras que el arquitecto y artista Óscar Tusquets simplemente declara: “Benidorm es bella”

Frente a la incredulidad generalizada, Benidorm es candidata al estatus de Patrimonio Mundial de la Unesco en la categoría ‘Nueva ciudad del siglo XX’. TVE establece su última serie glamourosa, Fugitiva, aquí.

Y no menos importante, Condé Nast Traveler publica un reportaje (este que estás leyendo) de un escritor inglés fascinado por el perfil de la ciudad de Benidorm desde que vino de vacaciones familiares a la Costa Blanca en 1976.

El Mediterráneo español está repleto de ciudades turísticas, pero ninguna tiene la singularidad de la extraordinaria situación de Benidorm, que florece en la costa estéril como un Dubái de bajo coste.

La ciudad nació en un promontorio rocoso que se adentra en el mar entre dos playas, Levante y Poniente, que abarcan la bahía como dos enormes brazos.

Los imponentes macizos de las Sierras Gelada y Cortina y el descomunal Puig Campana se elevan alrededor del valle, protegiéndolo del viento y la lluvia.

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